Ir al contenido
Reservar

Cuentos

Un héroe con chaqueta de piel

Un cuento sobre Beto, un perro mestizo ya mayor, y hasta dónde puede llegar la lealtad de un perro.

Por el equipo de doggs · · 5 min de lectura

El silencio en la casa era demasiado pesado, demasiado frío. Beto, un viejo mestizo de orejas caídas y pelaje color tierra, sabía que el olor de su humano, Santiago, se estaba desvaneciendo. Había visto cómo se lo llevaban en una caja, pero su olfato, ese mapa infalible del mundo, le decía que el rastro de Santiago no se había elevado al cielo. Había un rastro agrio, de humo y piedra quemada, que se hundía directamente bajo la tierra del patio.

Sin dudarlo, Beto comenzó a cavar. Cavó con la fuerza de los cachorros, ignorando el dolor en sus patas viejas, hasta que la tierra cedió y un pozo oscuro y sin fondo lo tragó.

El descenso terminó con un golpe seco sobre un suelo de ceniza. Beto se sacudió el polvo y alzó el hocico. Estaba en el Infierno.

Frente a él se extendía un páramo de lamentos y ríos de lava. El primer obstáculo no tardó en aparecer: un enorme sabueso de tres cabezas, Cerbero, que custodiaba las puertas de azufre. Cerbero rugió, un sonido que habría hecho temblar a cualquier demonio, pero Beto no mostró los dientes ni huyó. Con la sabiduría de los callejeros, bajó la cabeza, relajó la cola y dejó escapar un gemido pacífico, ofreciendo un saludo de sumisión y hermandad. Las tres cabezas del monstruo parpadearon, confundidas por la pureza de aquel ser que no pertenecía a ese lugar de castigo. Cerbero olfateó el lomo de Beto y, con un bufido perezoso, se apartó. Los animales no tenían pecados que juzgar; Beto tenía libre paso.

El viaje fue una tortura de ruidos y calor. Beto corrió entre tormentas de granizo negro y esquivó las garras de sombras desesperadas. Se guió únicamente por el olor que amaba: el aroma a café por la mañana, a aserrín del taller y a la colonia barata de Santiago.

Finalmente, lo encontró en el Tercer Círculo, donde los hombres caminaban bajo una lluvia de fango, ciegos de dolor y remordimiento. Santiago estaba allí, de rodillas, con el rostro cubierto de barro, repitiendo los errores de su vida en un eco eterno.

Beto corrió hacia él. No hubo ladridos, solo un empujón firme de su hocico húmedo contra la mano temblorosa del hombre.

—¿Beto?— susurró Santiago, abriendo los ojos. Las lágrimas limpiaron el lodo de sus mejillas—. ¿Qué haces aquí? No... este no es tu lugar. Vete.

Beto ladró una sola vez, un sonido claro que cortó el aire denso del abismo. Le dio un tirón al dobladillo del pantalón de Santiago y comenzó a caminar en dirección contraria. Santiago, con el corazón encendido por una chispa de esperanza que el Infierno no había logrado apagar, se puso de pie y lo siguió.

El regreso fue el verdadero tormento. Los demonios, al darse cuenta de que una porción de luz intentaba escapar, agitaron las almas y desataron ráfagas de viento helado. Santiago flaqueaba a cada paso; las voces de sus culpas pasadas le gritaban que regresara, que merecía quedarse allí.

—No puedo, Beto. Pesa demasiado— sollozó Santiago, desplomándose sobre las piedras calientes.

Beto regresó a su lado. Se echó junto a él, lamiéndole las manos y pegando su cuerpo peludo al del hombre, sirviendo como un escudo vivo contra los vientos del averno. Con su mirada fija y profunda, Beto le transmitió el único mensaje que un perro conoce: No estás solo. Yo te guío. Santiago se apoyó en el lomo del perro, usándolo como bastón, y volvió a levantarse.

Cruzaron el río de sangre esquivando las manos que intentaban arrastrarlos. Beto abría el camino, gruñendo con una ferocidad que nunca antes había tenido, protegiendo a su humano de las sombras que se abalanzaban sobre ellos. Cada vez que Santiago cerraba los ojos por el terror, el frío hocico de Beto en su mano lo traía de vuelta a la realidad.

Después de lo que parecieron siglos de marcha, el aire empezó a cambiar. El olor a azufre cedió ante el olor a tierra mojada y hierba fresca. A lo lejos, una rendija de luz blanca brillaba en el techo de una caverna.

Corrieron el último tramo. Santiago trepó por la abertura, impulsado por las patas de Beto que lo empujaban desde abajo. Al salir, Santiago rodó sobre la hierba verde del mundo de los vivos, respirando el aire puro bajo la luz del amanecer.

Se dio la vuelta de inmediato para ayudar a su compañero, pero la abertura en la tierra ya se había cerrado.

Al lado del pozo sellado, el cuerpo viejo y sin vida de Beto yacía en el suelo del patio, con una expresión de absoluta paz. Santiago comprendió entonces: Beto no había bajado para revivirlo en la Tierra, sino para rescatar su alma de la oscuridad. Al mirar al cielo, Santiago vio una silueta traslúcida de cuatro patas que lo esperaba al inicio de un camino de luz, moviendo la cola, lista para el verdadero descanso eterno, esta vez juntos.

Desde el salón: los perros mayores y los mestizos

Beto era un mestizo de orejas caídas y patas viejas, como muchos de los perros que pasan por el salón. Los perros mayores también necesitan peluquería: un manto limpio y sin nudos y las uñas cortas les dan comodidad y los ayudan a moverse mejor. Con ellos trabajamos con más pausas, sin apuro y respetando sus tiempos.

Y si tu compañero es mestizo, como Beto, también tiene su corte: lo elegimos según su tipo de pelo y su tamaño. Mirá nuestros servicios de peluquería.

Seguí leyendo

Ilustración de huellas de perro para el cuento Huellitas en el alma

Cuentos · 4 min

Huellitas en el alma

Un cuento sobre Pipo, un salchicha ciego de catorce años, un champú equivocado y el amor que dejan los perros mayores.